Anécdota de la vida Real
Lecciones del Gallinero: El Verdadero Significado de la Autoridad
Por la Redacción de Mujer Total
El romanticismo de la vida de campo suele chocar de frente con la crudeza de la realidad cuando uno es un principiante. Hace un tiempo, adquirimos un terreno que era prácticamente un bosque indómito, rodeado por interminables campos de trigo. Con más entusiasmo que experiencia, decidimos despertar nuestro lado agrícola y comenzamos a plantar todo lo que caía en nuestras manos: patatas, rosas, uvas, frambuesas, chícharos y gladiolas. Por supuesto, la naturaleza tiene sus propias reglas y no todo prosperó; éramos, sencillamente, inexpertos intentando abrirnos paso en un entorno salvaje que aún no comprendíamos.
En ese afán por construir nuestro idilio campestre, decidimos sumar animales a la ecuación: compramos un pequeño grupo de pollos muy jóvenes, compuesto por dos gallos y tres gallinas. Nuestra ignorancia era tal que les improvisamos un gallinero con apenas una mesa y una lona, asumiendo de manera ingenua que la cerca de alambre que rodeaba el terreno sería protección suficiente. No lo era. La primera noche, uno de los pequeños gallos desapareció sin dejar rastro.
Ante la evidente incapacidad de sus cuidadores humanos, los pollos restantes tuvieron que activar su instinto más puro para sobrevivir.
El general de las siete de la tarde
Llegó el verano. Pasábamos los días en el terreno, regando y cuidando la huerta que ahora incluía calabazas, chícharos e incluso maíz. Fue durante esas jornadas largas cuando fuimos testigos de un ritual fascinante. El único gallo sobreviviente, que ya se había convertido en un imponente adulto, asumió el rol de líder con una disciplina militar.
Puntualmente a las 19:00 horas, el gallo comenzaba a convocar a su pequeño pelotón: dos gallinas negras y una blanca. Con un cacareo insistente y autoritario, las guiaba hacia dos árboles que crecían juntos. El gallo subía primero y, tras él, las gallinas trepaban por las ramas robustas, buscando las alturas para acomodarse a dormir. No importaba que el cielo todavía estuviera completamente claro y luminoso —un rasgo tan propio de las tardes de verano—; para el gallo, el protocolo de seguridad no era negociable.
La rebelión blanca
Un atardecer, mientras terminábamos de regar, el reloj marcó las siete. El gallo, fiel a su rutina, comenzó el llamado de lista. Las dos gallinas negras acudieron de inmediato, pero la gallina blanca no aparecía. El líder continuó cacareando con intensidad hasta que, a lo lejos, divisamos una mancha blanca que se acercaba con lentitud.
El gallo se instaló en su rama y las gallinas negras volaron lo poco que sus alas les permitían hasta alcanzar sus puestos. Sin embargo, esa tarde la gallina blanca decidió desafiar el orden establecido. Se plantó firmemente en el suelo, justo debajo del árbol.
Lo que siguió fue una auténtica batalla de voluntades. Los cacareos del gallo dejaron de ser una rutina para convertirse en los gritos desesperados de un general que intenta disciplinar a un soldado apático y rebelde. El gallo ordenaba desde la altura; la gallina ignoraba desde el abajo. Después de un largo rato de tensión, los gritos cesaron. La gallina blanca se quedó en el suelo. En ese momento, pareció que ella había ganado la batalla.
El costo de "ganar"
Al día siguiente, regresamos al terreno con la primera luz de la mañana. Abrimos la cerca y lo primero que vimos fue al gallo y a las dos gallinas negras picoteando el suelo con normalidad. Pero unos metros más adelante, la realidad nos dio un golpe seco: un puñado de plumas blancas sobre la tierra.
Siguiendo el angosto sendero, encontramos más plumas, y un poco más allá, rastros de sangre. El cuerpo de la gallina nunca apareció. La explicación fue obvia: una comadreja —probablemente la misma que se había llevado al primer gallo meses atrás— aprovechó la vulnerabilidad de la noche para cazar a la desobediente. La gallina blanca había pagado con su vida el precio de su emancipación.
Esta experiencia real dejó una huella profunda en nuestra memoria y nos obligó a reflexionar sobre una verdad incómoda pero necesaria: la naturaleza no discute la autoridad; la utiliza para sobrevivir.
Tanto en el reino animal como en el tejido social humano, la autoridad legítima no nace del deseo de oprimir, sino de la responsabilidad de proteger. Tiene una razón de ser: ver el peligro que los subordinados, por distracción, apatía o ignorancia, no logran divisar. A menudo, el orgullo nos empuja a querer ganar batallas de voluntades contra las reglas, los límites o los consejos de quienes velan por nosotras. Pero como nos enseñó el gallinero aquella mañana de verano, ganar una discusión basada en la soberbia suele significar perder lo más valioso que tenemos: nuestra propia seguridad.


